miércoles, 30 de diciembre de 2015

DOS BAILABLES PARA FIN DE AÑO...

BAJAR

Queridos amigos del blog, que hayan tenido una linda Navidad con las personas que aman ¡y que se diviertan mucho en Año Nuevo! para contribuir a ello, acá les dejo estos dos discos  bailables del año 1959, "¿Bailamos?" y "Si me paro pierdo el compás". Y puedo hacerlo gracias al blog "Vinilos Peruanos" (espero no le moleste compartirlos con nosotros).
En el primer disco participa  la Orquesta de Manolo Ávalos, con Tony de Cuba, Rubén de Alvarado y Víctor Fuentes como vocalistas.
Los temas son:
: El manicero - Cayetano baila - Qué rico el mambo - Se murió Panchita - Cabo de la Guardia - Para vigo me voy - La guayabera - Nague Nague - El tumbaíto - El rincón - Linda mujer - Rico Vacilón - Los marcianos - El negro Zumbón" - Chirivico - Panameña - El patito - Dice mi gallo - Sun Sun Ba baé - El gato montés - La raspa - Jarabe Tapatío.

En el segundo disco,la Orquesta de Manolo Ávalos,  Tito Contreras, Mike Oliver, Tony de Cuba, el Trío Sonorama, Los Peruanitos y Jorge Rodríguez.
Los temas son:
Son los Dandy - Al carnaval - Si me paro pierdo el compás - Rumba negra - Aquarela do Brasil - South American Way -Daddy - Candy - Drume Negrita - Babalu -San Fernando -Guararé - Mambo Nº 5 -Al compás del mambo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

lunes, 7 de diciembre de 2015

LAS MOSKAS - VENUS 1970

BAJAR

LA BRUJA DE ABRIL



  LAS DORADAS MANZANAS DEL SOL - RAY BRADBURY.

LA BRUJA DE ABRIL

En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un rio, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que se alzaba en los campos a la tarde, ella volaba. Se deslizaba en palomas suaves como el armiño blanco, se detenía en los árboles y vivía en los capullos, abriéndose en pétalos cuando soplaba la brisa. Se posaba en una rana verde, fresca como la menta, a orillas de un charco brillante. Trotaba en un perro Zarzoso y ladraba para oir ecos que venían de graneros lejanos. Vivía en las nuevas hierbas de abril, en suaves y claros líquidos que se alzaban de la tierra de almizcle. Es primavera, pensaba Cecy. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo. Ahora vivía en grillos claros en los arroyos de alquitrán de los caminos, ahora caía como el rocío en una verja de hierro. Era la suya una mente que se adaptaba con rapidez, y volaba invisible en los vientos de Illinois esta noche única de su vida. Acababa de cumplir diecisiete años. — Quiero enamorarme -dijo. Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas. — Cuidado -le habían aconsejado-. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria. Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos. ¿No te gustaría no poder "viajar" por medios mágicos, no es verdad? Entonces, cuidado. ¡Cuidado! Pero en su alto dormitorio, Cecy se había perfumado la garganta, y se había tendido temblorosa y aprensiva en su carruaje de cuatro caballos, como una luna de leche que se alza sobre los campos de Illinois, transformando los ríos en cremas y los caminos en platino. — Sí -suspiró-. Soy de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento. Si lo deseamos, podemos dormir en un topo durante el invierno, en la tibia tierra. Puedo vivir en cualquier cosa: un guijarro, una flor de azafrán, o una manta religiosa. Puedo abandonar mi cuerpo simple y huesudo y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora! El viento la llevó sobre campos y praderas. Cecy vio las cálidas luces primaverales de mansiones y granjas que brillaban con colores crepusculares. Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara, pero me enamoraré por medio de alguna otra, pensó. En los campos de una granja, en la noche de primavera, una muchacha de pelo oscuro, de no más de diecinueve años, sacaba agua de un profundo pozo de piedra, y cantaba. Cecy cayó -una hoja verde- en el pozo. Se tendió en el tierno musgo del pozo, mirando hacia arriba en la sombría frescura. Luego se animó en una palpitante e invisible ameba. ¡Luego en una gota de agua! Al fin, en un tazón frío, se sintió llevada a los tibios labios de la muchacha. Se oyó un suave y nocturno sonido; la muchacha bebía. Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha. Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha. Olió un particular universo por la delicada nariz, sintió que aquel corazón especial batía y batía. Sintió que aquella lengua extraña se movía cantando. ¿Sabrá que estoy aqui?, pensó Cecy. La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos. — ¿Quién está ahí? No hubo respuesta. — Sólo el viento -murmuró Cecy. La muchacha se rió de sí misma, pero se estremeció. — Sólo el viento. Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar. Me gustará estar aquí, pensó Cecy. — ¿Qué? -preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz. — ¿Cómo te llamas? -preguntó Cecy cuidadosamente. — Ann Leary. -La muchacha se estremeció-. ¿Pero por qué digo esto en voz alta? — Ann, Ann -murmuro Cecy-. Ann, vas a enamorarte. Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino, un repiqueteo y un retumbar de ruedas en la grava. Apareció un hombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja. — ¡Ann! — ¿Eres tú, Tom? — ¿Quién otro podia ser? Tom saltó del carro y ató las riendas a la verja. — ¡Yo no hablo contigo! Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo. — ¡No! -gritó Cecy. Ann se detuvo. Miró las lomas y las primeras estrellas de la primavera. Miró al hombre llamado Tom. Cecy le hizo dejar caer el balde. — ¡Mira lo que has hecho! Tom corrió. — ¡Mira lo que me has hecho hacer! Tom le limpió los zapatos con un pañuelo riéndose. — ¡Apártate! Ann le pateó las manos, pero Tom se rió otra vez, y desde kilómetros de distancia, Cecy le miró la forma de la cabeza, el tamaño del cráneo, la línea de la nariz, el ancho de los hombros, y la dura fuerza de las manos que hacían esa cosa delicada con el pañuelo. Asomándose a la secreta bohardilla de la encantadora cabeza, Cecy tiró de un oculto alambre de ventrílocuo, y la hermosa boca se abrió y dijo: — ¡Gracias! — Oh, entonces eres cortés -dijo Tom. El olor de cuero de sus manos, el olor del caballo en sus ropas se elevaron hasta la tierna nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, sobre prados nocturnos y campos florecidos, se movió como en sueños. — ¡No! ¡No contigo! -dijo Ann. — Vamos, habla suavemente -dijo Cecy. Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann echó atrás la mano. — ¡Me he vuelto loca! — Así es -asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido-. ¿Ibas a tocarme entonces? — No sé ¡Oh, vete!. En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones. — ¿Por que no corres? No te retengo. -Tom se incorporó-. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial. Te diré por qué más tarde. — No -dijo Ann. — ¡Si! -gritó Cecy-. Nunca bailé. Quiero bailar. Nunca llevé un largo vestido susurrante. Quiero bailar toda la noche. No sé que es estar en una mujer, bailando. Papá y mamá nunca me lo permitirían. He conocido perros, gatos, langostas, hojas, todo lo que hay en el mundo en un tiempo o en otro, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como la de hoy. Oh, por favor ... debemos ir a ese baile. Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo. — Si -dijo Ann Leary-. Iré. No se por que, pero iré contigo al baile esta noche, Tom. — ¡Ahora adentro, pronto! -gritó Cecy-. Debes lavarte, avisar a tu gente, preparar el vestido, calentar la plancha. ¡A tu cuarto! — Mamá -dijo Ann-, ¡he cambiado de parecer! El caballo de Tom galopó a lo largo de la cerca, los cuartos de la granja volvieron a la vida, el agua hirvió para un baño, la estufa de carbón calentó la plancha que plancharía el vestido, la madre corrió, corrió con una hilera de alfileres en la boca. — ¿Qué te ha pasado, Ann? ¡Tom no te gusta! Ann se detuvo en medio de aquella gran fiebre. — Es cierto. ¡Pero es primavera! pensó Cecy. — Es primavera -dijo Ann. Y es una hermosa noche para bailar, pensó Cecy. — ... para bailar -murmuró Ann Leary. La muchacha se metió en la bañera y la espuma le cubrió los blancos hombros de delfín, y el jabón hizo pequeños nidos bajo sus brazos, y la carne de sus pechos tibios se movió en sus manos, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Habia que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡afuera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora perfume y polvo! — ¡Tú! -Ann se vio en el espejo, toda blanca y rosada como lirios y claveles-. ¿Quién eres esta noche? — Soy una muchacha de diecisiete años. -Cecy la miró desde los ojos violetas-. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí? Ann Leary sacudió la cabeza. — Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril. — ¡Cerca, muy cerca! -rió Cecy-. Bueno, ahora con tu vestido. ¡El placer de sentir una hermosa ropa sobre un gran cuerpo! Y luego el saludo afuera. — ¡Ann! ¡Llegó Tom! — Dile que espere. -Ann se sentó de pronto-. Dile que no voy al baile. — ¿Qué? -dijo su madre en la puerta. Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante. Había oído el ruido lejano de los cascos del caballo y el carro que traqueteaba cruzando el campo primaveral iluminado por la luna. Durante un segundo había pensado: iré a buscar a Tom y me instalaré en su cabeza y veré qué es ser un hombre de veintidós años en una noche como ésta. Y se había lanzado a cruzar rápidamente un campo de brezos. Regresó volando, como un pájaro a su jaula, y susurró y batió en la cabeza de Ann Leary. — ¡Ann! — ¡Dile que se vaya! Cecy se calmó y extendió sus pensamientos. — ¡Ann! Pero Ann se había rebelado. — ¡No, no, lo odio! No debía haberme ido, ni siquiera un momento. Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza, suavemente, suavemente. De pie, pensó. Ann se incorporó. Ponte el abrigo. Ann se puso el abrigo. Ahora, ¡en marcha! ¡No! pensó Ann Leary. ¡En marcha! — Ann -dijo la madre-, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa? — Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde. Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera. Una sala de palomas que bailaban suavemente rizando sus silenciosas y arrastradas plumas, una sala de pavos reales, una sala de ojos y luces de arco iris. Y en el centro, dando vueltas, y vueltas, y vueltas, bailaba Ann Leary. — Oh, es una hermosa noche -dijo Cecy. — Oh, es una hermosa noche -dijo Ann. — Estás rara -dijo Tom. La música los hacia girar en la oscuridad, en ríos de canciones; flotaban, asomaban, se hundían, se alzaban en busca de aire, jadeaban, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de «Hermoso Ohio». Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música. — Si, estoy rara -dijo Cecy. — No eres la misma -dijo Tom. — No, no esta noche. — No eres la Ann Leary que conozco. — No, de ningún modo, de ningún modo -murmuró Cecy, a kilómetros y kilómetros de distancia-. No, de ningún modo -dijeron los labios de Ann. — Tengo una sensación rarísima -dijo Tom. — ¿Acerca de qué? — Acerca de ti. -Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo-. Tus ojos -dijo-, no puedo verlos realmente. — ¿Me ves? -preguntó Cecy. — Una parte tuya esta aquí, Ann, y otra parte no está. Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado. — Si. — ¿Por qué viniste conmigo? — Yo no quería venir -dijo Ann. — ¿Por qué, entonces? — Algo me obligó. — ¿Qué? — No sé. La voz de Ann era casi histérica. — Bueno, bueno, bueno -susurró Cecy-. Tranquila. Da vueltas, da vueltas. murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la silla oscura, con la música que se movía y los hacia girar. — Pero has venido al baile -dijo Tom. — Sí -dijo Cecy. — Vamos. Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente. Subieron al carro y se sentaron juntos. — Ann -dijo Tom, tomándole las manos, temblando-. Ann. -Pero dijo el nombre de ella como si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Ann había abierto otra vez los ojos-. Yo te quise siempre, lo sabes -dijo. — Lo sé. — Pero tú fuiste siempre veleidosa, y yo no quería sufrir. — No tiene importancia, somos muy jóvenes. — No, quiero decir lo siento -dijo Cecy. — ¿Qué quieres decir? Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció. La noche era cálida y el olor de la tierra subía estremeciéndose alrededor del carro, y el aliento de los árboles frescos empujaba las hojas unas contra otras con una sacudida y un susurro. — No sé-dijo Ann. — Oh, pero yo lo sé -dijo Cecy-. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo. Esta es una hermosa noche; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo. Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó. — Pero -dijo Tom, parpadeando- esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. Yo quería traerte al baile esta noche en recuerdo de los viejos tiempos. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que en ti algo había cambiado, realmente. Estás distinta. Hay en ti algo nuevo y blando, algo... -Tom buscó a tientas la palabra-. No sé. No puedo decirlo. El modo cómo miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez. — No -dijo Cecy-, de mí, de mí. — Y temo estar enamorado de ti -dijo Tom-. Me harás daño otra vez. — Si -dijo Ann. No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras. Ann no dijo nada. Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla. — Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás? — Sí -dijeron Ann y Cecy. — ¿Puedo despedirme de ti con un beso entonces? — Sí -dijo Cecy antes que ningún otro pudiese hablar. Tom apoyó los labios en aquella extraña boca. Besó la extraña boca, temblando. Ann parecía una estatua blanca. — ¡Ann! -dijo Cecy-. ¡Mueve tus brazos, abrázalo! Ann era como una muñeca de madera a la luz de la luna. Tom la besó otra vez. — Te quiero -susurró Cecy-. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann, a mí. Y yo te quiero a pesar de ella. Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia. — No sé qué pasa -dijo-. Durante un momento... — ¿Si? -preguntó Cecy. — Durante un momento pensé ... -Se llevó las manos a los ojos-. No importa. ¿Te llevo ahora a tu casa? — Por favor -dijo Ann Leary. Tom le cloqueó al caballo, sacudió cansadamente las riendas, y el carro se alejó. Iban en las sacudidas y crujidos y movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía temprana -eran sólo las once- noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose. Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: "Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado." Si, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él. El camino pasaba debajo de ellos, suspirando. — Tom -dijo Ann al fin. Tom miraba friamente el camino, el caballo, los árboles, el cielo, las estrellas. — ¿Qué? — Si estás alguna vez en los años próximos, alguna vez, en Green Town, Illinois, a unos pocos kilómetros de aquí, ¿me harías un favor? — Quizás. Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe: — ¿Me harías el favor de ver a una amiga mía? — ¿Por qué? — Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. - El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla-. Toma. ¿Se lee bien? Tom miró el papel y asintió aturdido. — Cecy Elliot. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois -leyó. — ¿La visitarás algun día? -pregunto Ann. — Algún día -dijo Tom. — ¿Me lo prometes? — ¿Qué tiene que ver esto con nosotros? -gritó Tom furiosamente-. ¿Para que quiero papeles y nombres? Apretó el papel y se metió la arrugada pelota en el bolsillo de la chaqueta. — ¡Oh, por favor, promételo! -suplicó Cecy. — ... promételo -dijo Ann. — ¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! -gritó Tom. Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más. Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche. viajando, viajando. Pero antes de irme... — ... antes de irme.... -dijo Ann. Besó a Tom en la boca. — Soy yo quien te besa -dijo Cecy. Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro, muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna. Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo. Cecy dejó a Ann. La muchacha, gritando, como si saliese de una cárcel, corrió por el sendero lunar hacia su casa y cerró de un portazo. Cecy se demoró allí cerca unos instantes. En los ojos de un grillo vio el nocturno mundo primaveral. En los ojos de una rana se quedó un momento a solas junto a un estanque. En los ojos de un ave nocturna miró desde un olmo alto, hechizado por la luna, y vio cómo se apagaban las luces en dos granjas, una allí, y otra a un kilómetro. Pensó en si misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas. — ¿Tom? -Su mente cada vez más débil voló con un ave nocturna bajo los árboles y sobre los campos de mostaza silvestre-. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre? Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas. — ¿Tom? -preguntó suavemente. Tom dormía. Era tarde; las ropas estaban colgadas en sillas, u ordenadamente plegadas a los pies de la cama. Y en una mano inmóvil, puesta con cuidado sobre la almohada blanca, junto a su rostro, había un trozo de papel escrito. Lentamente, lentamente, una fracción de centímetro cada vez, los dedos se fueron plegando y se cerraron sobre el papel. Y Tom ni siquiera se movió cuando un ave negra, débilmente, maravillosamente, aleteó con suavidad unos instantes contra los vidrios de la ventana, claros a la luz de la luna, y luego, abriendo en silencio las alas, se alejó volando hacia el este, sobre la tierra dormida.

jueves, 3 de diciembre de 2015

LAS MOSKAS - MONY MONY (1968)

BAJAR

VENDRÁN LLUVIAS SUAVES...



VENDRÁN LLUVIAS SUAVES . CRÓNICAS MARCIANAS - RAY BRADBURY.

AGOSTO DE 2026

La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de
levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba
desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.
Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior
brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas
de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.
-Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis -dijo una voz desde el techo de la
cocina- en la ciudad de Allendale, California. -Repitió tres veces la fecha, como
para que nadie la olvidara- Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es
el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y
también las cuentas de agua, gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas
magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las
ocho y uno! Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves
pisadas de los tacones de goma. Llovía afuera. En la puerta de la calle, la caja del
tiempo cantó en voz baja: Lluvia, lluvia, aléjate... zapatones, impermeables, hoy..
Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía.
Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche
con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra
vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como
piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de
agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los
llevó al océano distante. Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y
emergieron secos y relucientes.
Las nueve y cuarto, cantó el reloj, la hora de la limpieza.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las
habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal.
Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las
alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores
misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se
apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de
escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en
ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la
redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el
aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y
descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado
la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la
silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una
fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las
imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos
levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una
niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó
de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños,
la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores
cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado
había preguntado. «¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?", y como los
zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado
herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que
bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana
chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la
casa.
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos,
en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos
e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el porche.
La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo
grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa
dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados
por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los
paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El
polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas
de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano,
y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón
oscuro como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas,
hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más
que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno
preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce.
El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico
espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y
cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la
descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises
arrastradas por un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió
por la chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon
sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis
y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los
muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras
lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y
mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por
unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un
ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de
hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada
revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido
como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un
león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que
caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento. De pronto las
paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro,
y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los
manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como
manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal,
frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante,
con media pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las
noches eran frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin---, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece...
Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco,
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba
apenas sabrá que hemos desaparecido.
El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil
montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes
silenciosas, y sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la
cocina. La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un
instante las llamas envolvieron el cuarto.
-¡Fuego! -gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el
solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina,
lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:
-¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor
había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de
cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las
escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían
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a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia
mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y
se detuvo. La lluvia dejó de caen La reserva del tanque de agua que durante
muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba
agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y
de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y
encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el
color de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas
de grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con un serpiente muerta. Y
fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con
una venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el
desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director
de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se
retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano
hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran
en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió
los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces
gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una
docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un
bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de
los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco
voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas
moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando
de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en
un lejano río humeante...
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros
coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una
segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la
casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas,
como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras
otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y
chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la
casa ¡arrastrando las horribles cenizas! Y en la llameante biblioteca una voz leyó
un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron
todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se
destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y
de humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos
desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas
de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el
fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al
sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los
circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de
huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una
pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez,
mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:
-Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil
veintiséis, hoy es...