viernes, 29 de mayo de 2015

LOS H2O

BAJAR

Otro de los buenos aportes del buen amigo  Wilmer Skepsis, que se me había quedado guardado, Los H2O de Cochabamba - Bolivia. ¡Gracias Wilmer!

LAS MARAVILLAS DEL AUSANGATE...


El nevado Ausangate, el apu Awsangati en quechua, se encuentra situado en la Cordillera de los Andes, a unos mil kilómetros de la ciudad del Cusco - Perú, con una altitud de  6,372 metros sobre el nivel del mar.
La ruta de la montaña sagrada está llena de maravillas, antes conocidas por muy pocos, pero gracias a la iniciativa de dos comunidades campesinas Chillca y Osefina, guardianas ancestrales del apu, se a convertido en una ruta, que es cada vez mas seguida por los turistas nacionales y extranjeros amantes del  trekking.
Después de estas maravillosas imágenes, les dejo un articulo,de la revista "Viajeros" donde expica muy bien esta iniciativa y la ruta del Ausangate.
(Las imágenes pertenecen a "Viajeros" y a agencias de viaje que promocionan esta ruta. ¡Muchas gracias! )  


EL ABRA PALOMACHAYOC





 EL ABRA YAURICUNCA






LAGUNAS DEL AUSANGATE




 
OTRAS FOTOS





Acá les dejo el interesante y ameno artículo sobre la ruta del Ausangate, de la revista  "VIAJEROS" ¡no dejen de leerlo!

¡ADIÓS TITO ROJAS! SIEMPRE ESTARÁS EN NUESTRO RECUERDO...

Gracias a nuestro amigo El muchacho siglo XX, me acabo de enterar de la triste noticia. 
El día 15 de mayo, falleció nuestro querido Tito Rojas Amarillo, cantante de "Los Silvertons" . Este fue un mes triste, se nos fueron dos de los grandes.
 ¡TE QUEDAS EN NUESTRO RECUERDO, MAESTRO TITO ROJAS!











martes, 19 de mayo de 2015

¡SE NOS FUE PANCHO GUEVARA!


SE FUE A TOCAR CON LOS GRANDES, SE FUE CON SU LUMINOSA SONRISA Y NOS DEJÓ SU MÚSICA Y LA PENA DE SU AUSENCIA.
¡HASTA SIEMPRE SAICO! ¡HASTA SIEMPRE MAESTRO!













lunes, 18 de mayo de 2015

JOHNNY TEDESCO - EN HOLLYWOOD

BAJAR

DOS CUENTOS CORTOS...


MUERTE DEL CABO CHEO LÓPEZ


 Ciro Alegría -Perú


Perdóneme, don Pedro… Claro que esta no es manera de presentarme… Pero, le diré… ¿Cómo podría explicarle?… Ha muerto Eusebio López… Ya sé que usted no lo conoce y muy pocos lo conocían… ¿Quién se va a fijar en un hombre que vive entre tablas viejas? Por eso no fui a traer los ladrillos… Éramos amigos, ¿me entiende?
Yo estaba pasando en el camión y me crucé con Pancho Torres. Él me gritó: “¡Ha muerto Cheo López!”. Entonces enderezo para la casa de Cheo y ahí me encuentro con la mujer, llorando como es natural; el hijito de dos años junto a la madre, y a Cheo López tendido entre cuatro velas… Comenzaba a oler a muerto Cheo López, y eso me hizo recordar más, eso me hizo pensar más en Cheo López. Entonces me fui a comprar dos botellas de ron, para ayudar con algo, y también porque necesitaba beber.
¡Ese olor! Usted comprende, don Pedro… Lo olíamos allá en el Pacífico…, el olor de los muertos, los boricuas, los japoneses… Los muertos son lo mismo… Sólo que como nosotros, allá, íbamos avanzando…, a nuestros heridos y muertos los recogían, y encontrábamos muertos japoneses de días, pudriéndose… Ahora Cheo López comenzaba a oler así… Con los ojos fijos miraba Cheo López. No sé por qué no se los habían cerrado bien… Miraba con una raya de brillo, muerta… Se veía que en su frente ya no había pensamiento. Así miraban allá en el Pacífico… Todos lo mismo…
Y yo me he puesto a beber el ron, durante un buen rato, y han llegado tres o cuatro al velorio… Entonces su mujer ha contado… Que Cheo estaba tranquilo, sentado, como si nada le pasara, y de repente algo se le ha roto adentro, aquí en la cabeza… Y se ha caído… Eso fue un derrame en el cerebro, dijeron… Yo no he querido saber más, y me puse a beber duro. Yo estaba pensando, recordando. Porque es cosa de pensar… La muerte se ríe.
Luego vine a buscar a mi mujer para llevarla al velorio y creí que debía pasar a explicarle a usted, don Pedro… Yo no volví con los ladrillos por eso. Mañana será.
Ahora que si usted quiere ir al velorio, entrada por salida aunque sea… Usted era capitán, ¿no es eso?, y no se acuerda de Cheo López… Pero si usted viene a hacerle nada más que un saludo, yo le diré: “Es un capitán”…
¿Quién se va a acordar de Cheo López? No recibió ninguna medalla, aunque merecía… Nunca fue herido, que de ser así le habrían dado algo que ponerse en el pecho… Pero qué importa eso… ¡Salvarse! Le digo que la muerte se ríe…
Yo fui herido tres veces, pero no de cuidado. Las balas pasaban zumbando, pasaban aullando, tronaban como truenos, y nunca tocaron a Cheo López… Una vez, me acuerdo, él iba adelante, con bayoneta calada y ramas en el casco… Siempre iba adelante el cabo Cheo López… Cuando viene una ráfaga de ametralladora, el casco le sonó como una campana y se cayó… Todos nos tendimos y corría la sangre entre nosotros… No sabíamos quién estaba vivo y quizá muerto… Al rato, el cabo Cheo López comenzó a arrastrarse, tiró una granada y el nido de ametralladoras voló allá lejos… Entonces hizo una señal con el brazo y seguimos avanzando… Los que pudimos, claro. Muchos se quedaron allí en el suelo… Algunos se quejaban… Otros estaban ya callados…
Habíamos peleado día y medio y comenzamos a encontrar muertos viejos… ¡El olor, ese olor del muerto!… Igual que ahora ha comenzado a oler Cheo López.
Allá en el Pacífico, yo me decía: “Quién sabe, de valiente que es, la muerte lo respeta.” Es un decir de soldados. Pero ahora, viendo la forma en que cayó, como alcanzado por una bala que estaba suspendida en el aire, o en sus venas, o en sus sesos, creo que la muerte nos acompaña siempre. Está a nuestro lado y cuando pensamos que va a llegar, se ríe…Y ella dice: “Espera”. Por eso el aguacero de balas lo respetó. Parecía que no iba a morir nunca Cheo López,
Pero ya está entre cuatro velas, muerto… Es como si lo oliera desde aquí… ¿No será que yo tengo en la cabeza el olor de la muerte? ¿No huele así el mundo?..
Vamos, don Pedro, acompáñeme al velorio… Cheo era pobre y no hay casi gente… Vamos, capitán… Hágale siquiera un saludo…
                                                                  -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-



 EL SUICIDA

Enrique Anderson Imbert  -Argentina


Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.